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Una Elektra distintiva: Tomás González, Vivian Acosta y Jose Gonzalez


Por WALDO GONZÁLEZ LÓPEZ | Para www.TeatroenMiami.com
Fotos: Ernesto García.


Como escribí en «El salto al vacío», prólogo a mi volumen La soledad del actor de fondo (Colección Teatro, La Rueda Dentada, Ediciones Unión, La Habana, 1999), «el monólogo es, ante todo, un reto para el actor, quien, imbuido de sus capacidades, conoce más sus limitaciones y se esfuerza por saltarlas. Así, el ¿intérprete? resulta eje esencial en su unicidad —ritual— ante el público que atiende, expectante, su quehacer, a solas con todos». Más adelante, añadí: «discurso, narración, soliloquio y más, el monólogo es, en suma, una síntesis escénica».
Como «género», esta modalidad es relativamente nueva, ya que, desde fines del siglo XIX fue auspiciada por notables autores, como el asimismo brillante narrador ruso Antón Chéjov (Sobre el daño que hace el tabaco), el sueco, renovador de la escena sueca y precursor del teatro de la crueldad y del absurdo Johan August Strindberg (La más fuerte), el norteamericano Eugene O’Neill (Antes del desayuno) y el francés Jean Cocteau (La voz humana), por solo mencionar cuatro clásicos ejemplos que mucho colaboraron con su difusión. Aunque posee una personalidad muy definida, cuando se independiza, el monólogo nace como pieza en un acto, con plenas posibilidades de desarrollo dramatúrgico.

Pero el monodrama —según puede también denominársele— es mucho más, pues «deviene un excelente entrenamiento válido por sí mismo, por lo que entrega en sedimentación para el futuro», para decirlo con mi colegamigo Francisco Garzón Céspedes, quien con razón añade que el intérprete resulta «un poderoso vehículo expresivo y formativo» y aún más: «un generador de iniciativas».

ESTA ELEKTRA OTRA
Descollante en sus excelentes desempeños en los dramáticos monodramas Santa Cecilia y La Virgen Triste, del autor teatral, narrador y poeta Abilio Estévez, y La Virgen Triste, de la dramaturga Elizabeth Mena, como en el deliciosamente humorístico Cuando Teodoro se muera, de Tomás González (presentado con éxito en una de las recordadas ediciones del Primer Festival Internacional del Monólogo —que cautivara al público cubano y extranjero en La Habana entre 1988 y 1998—, a este crítico no le asombraría la brillante actuación de Vivian Acosta en la recién finalizada temporada que, durante tres fines de semana, concitó la atención de público y crítica por Elektra: la danza de los muertos, con textos adaptados de mi querido colegamigo (desde los años 60, cuando lo conocí y frecuenté en la Escuela Nacional de Teatro): el dramaturgo Tomás González (Cuba, 1938-2008), al que la actriz Vivian Acosta y el director José González dedican este justo homenaje.

En una carta remitida desde España poco tiempo antes de su fallecimiento, el inolvidable Tomás le confesaba a otra mutua y entrañable colegamiga de años, la narradora y crítica Rosa Ileana Boudet:

De salud no muy bien; pero no dejo de trabajar. Ya salió mi libro en La Habana, se titula El bello arte de ser, y contiene la obra que da nombre al libro; La artista desconocida; El viaje en círculo, Delirios y visiones de José Jacinto Milanés; y la de más interés para el período que estudias, Yago tiene feeling (1963, Sala Las Máscaras) que unida a Otelo vino en charter (escrita veinte años después) componen El Camino del Medio. Mis primeras obras están fechadas a partir de 1960 y ellas son El trapo sobre el muro; El monstruo; Eclipse y tú lo sabes; El camarada (Premio Concurso de obras para teatro rural); El procedimiento; Agamenón de Santa Clara; La viuda en deshabillé (Mención del Concurso Nacional de Teatro, 1963); Oshún Panchágara (perdidas estas dos últimas en una quema de obras del Consejo Nacional de Cultura, CNC). Aún no he recibido ninguno de los ejemplares que me tiene que dar Letras Cubanas. La edición y corrección estuvo a cargo de Mayra Hernández, esposa de Waldo González.

Justamente, del Premio de Dramaturgia «José Antonio Ramos», de la UNEAC (por Delirios y visiones de José Jacinto Milanés) sería Vivian, sin duda, su mejor exponente actoral, desde que se vinculara a la creación del desaparecido autor, de cuya obra se publicara una valiosa muestra, sólo dos años atrás, por la Editorial Letras Cubanas, con selección de la reconocida ensayista y narradora Inés María Martiatu.
Así, el disfrute de la puesta me trajo gratos recuerdos que me hicieron evocarla en varios momentos y etapas: primero, en la década del setenta, cuando era una atenta alumna en mis clases de Historia del Teatro Cubano y Universal (en la Escuela Nacional de Arte); luego, durante su estancia, con José González y otros alumnos de ese centro docente, en la Isla de la Juventud (Isla de Pinos), donde este entonces profesor concurría quincenalmente a dar continuidad a dichos encuentros-clases; más tarde, en el grupo de Teatro Escambray (donde realizara su Servicio Social) y, ya por fin, en la capital, donde, con amplia repercusión, descollara su relevante periplo actoral, con el tándem conformado con José González, su esposo y director del colectivo desde años atrás.

Fue entonces cuando comenzaría su descollante carrera en la icónica caracterización de muy peculiares personajes de la cultura y vida cubanas, como la deliciosa Santera de Cuando Teodoro se muera (por la que mereciera uno de los lauros del mencionado Festival monológico), la distintiva Santa Cecilia y otra criatura de carácter trágico: La Virgen Triste.

Ahora, con versión, dramaturgia y adaptación del propio José González sobre los monólogos Ancestros clásicos, del más representado autor en la justa Tomás González (de quien yo incluyera en mi antología La soledad del actor de fondo, su monólogo Giordano Bruno), el público disfrutó del gran arte histriónico suyo, en la lograda adaptación de José González, a partir de textos con personajes de Esquilo, Sófocles y Eurípides, combinados con la cultura africana.

DE LA PUESTA
Desde que el adelantado y prevanguardista dramaturgo, narrador y poeta Virgilio Piñera fusionara, por primera vez en el teatro cubano, las culturas occidental y africana en su, primero rechazada y ya luego pieza clásica, Electra Garrigó, con ese «escupitazo al Olimpo» (tal la definiera el mayor crítico de las tablas en Cuba: mi maestro y amigo Rine Leal), el terreno para cimentar la posmodernidad ya fue alea jacta est: pues estaba echada la suerte con esa inolvidable puesta, en la que combinó nada menos que tragedia griega y choteo cubano, un personaje clave del teatro griego y el panteón yoruba y, como para ser aún más adelantado, dio enormes zancadas de avance, en un salto de medio siglo, mostrando lo que se haría en la escena nacional de fin de siglo, cuando su tropical pieza se pondría en su querida y aborrecida (por machista) Isla natal, a pesar de estar rodeado por la maldita circunstancia del agua, como aseveró en un también clásico poema.

Por ello, asimismo, esta Elektra tripartita posee tanta actualidad y valía, en la que, por lo demás, los visos socioculturales y políticos alusivos a la situación actual de algunos países latinoamericanos (la propia Cuba, Venezuela y, ya en camino Ecuador, Nicaragua y Bolivia) conceden al texto de Tomás, en la aún más novedosa puesta de José González, una dimensión otra: y ello le confiere al más reciente estreno de Teatro Galiano 108 una connotación muy particular, en tanto no se trata de una visión superficial (desde la perspectiva del ya gastado «cubaneo»), sino un abordaje sociopolítico y cultural a las realidades contemporáneas de las «repúblicas dolorosas» que denominara José Martí nuestra América, aunque, sin prejuicio, tanto autor como director se valgan del humor y la ironía, en una muy seria alusión al status actual de los países aludidos.

OTROS APORTES Y LOGROS
El talentoso aporte de ritmos africanos, que son cantados y danzados por Vivian Acosta (en un rico despliegue de recursos con inesperadas rupturas: boleros (interpretados por emblemáticas cancioneras, como Moraima Secada y Gina León, entre otras, expresiones coloquiales y del habla popular), le imprimen al concepto general de la puesta una intensa carga expresiva.

Un aspecto en el que difiero de algunos colegas —no habituados al visionaje y el disfrute de monodramas— es la supuesta limitante de la progresión dramatúrgica a través de un actor y el cómo resolver o no el conflicto sin diálogos. Al contrario, basado en el sistema de actuación transcendente (vinculado con los sistemas mágicos/religiosos, estudiados por las investigadoras Beatriz J. Rizk y Yana Elsa Brugal), González logra que Vivian adopte y adapte los mecanismos del método con el que desarrolla las acciones y la progresión dramática, puesto que ella —reina del espectáculo— decide el destino de los personajes que recrea, valiéndose, además, del gesto y la danza, aliada a las acciones psicofísicas que colaboran a una mejor comprensión de la pieza, conducida por cuatro personajes esenciales de la mejor tragedia helénica: Caronte, Agamenón, Clitemnestra y Elektra.

Con el fin de su exigente y complejo cometido, la actriz recurre a su excelente registro vocal, para lo que se apoya en su insuperable aparato fónico con sus muy entrenados resonadores que recrean los distintos matices y tonos que diferencian e identifican las criaturas escénicas.

Así, multifuncionalidad y fusión se combinan e interactúan en la soberbia puesta, donde el notable histrionismo de la primera actriz Vivian Acosta sobresale por su altísimo nivel, gracias a la madurez alcanzada por su arte mayor, en cuyas bien visibles ganancias mucho tiene que ver la no menos experimentada dirección de José González.

¿CONTROVERSIA?
A diferencia de otros colegas, no creo necesario para la comprensión del espectador contemporáneo el pleno conocimiento de la gran tragedia griega ni de la fusión de algunos de sus emblemáticos personajes en la pieza, toda vez que, no sólo por constituir célebres textos llevados a cientos de puestas y filmes, sino además gracias a la excelente conjunción de la formidable actuación, secundada por la suntuosa escenografía y el fastuoso vestuario (a cargo de Jorge Noa y Pedro Balmaseda), las luces (elaboradas con su habitual maestría por Carlos Repilado) y, en particular, la formidable música (que, creada originalmente por Enrique González, deviene otro personaje categórico), los integrantes de este pequeño pero gran equipo de lujo, guiado por el talento del experimentado director, se conjugan para entregarnos tan notable resultado ofrecido en la breve pero eficiente sala de Teatro en Miami Studio —idónea para este hoy socorrido subgénero dramatúrgico— por su reducido tamaño, muy acorde con las exigencias del monodrama.

Se agradece, pues, al binomio integrado por José González y Vivian Acosta esta puesta que ha dado mucho que contar y que, sin duda, quedará como uno de los más altos instantes de la escena cubana y miamense en este 2011.

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